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Territorios

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Naiara entró a la escuela cuando yo estaba ya en cuarto año y a ella la agarró la Ley Federal de Educación y terminó haciendo el Polimodal.
Su hermano mayor y yo, en cambio, fuimos de la última camada de técnicos que salió de la escuela antes de que Menem terminara de enterrar la educación. Fuimos los últimos, aunque el Eze se colgó con las previas y nunca terminó el sexto año, porque los técnicos teníamos que hacer seis años de secundaria.
La escuela esa era la única cerca del barrio y yo creo que salvando algunos que iban a las escuelas del centro, la mayoría de nuestros padres la vio como una opción potable que servía como una apuesta a nuestro futuro porque salíamos con un título de técnico debajo del brazo y podíamos entrar a trabajar. Cuando la eligieron, nadie se imaginó la catástrofe educativa y de toda clase que se vino después.
Aunque tuve la posibilidad de cambiarme a alguna escuela del centro, yo preferí seguir ahí, que aunque fuera de las técnicas una de las más pobrec…

Madre hay una sola (menos mal...)

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Mi vieja ya había empezado a gritar en la calle, adelante de la reja y sin esperar que yo mandara a la cucha a Apolonio y le abriera la puerta a ella.
Gritaba desde afuera, levantando la mano retadora con la que me supo correr a chancletazos cuando yo me mandaba una cagada porque para ella y sobre todo para mi tía, las mías no eran travesuras sino cagadas, por culpa de la herencia paterna que formaba la mitad de mí y por culpa de que ¡los varones son terribles! Como yo corría y mi vieja nunca me alcanzaba para chancletearme a gusto, a veces se contentaba con tirarme la chancleta como un arma de esas arrojadizas, que tampoco llegaba a destino y gritarme: ¿Santiago Santucho, eso te enseñó tu madre? ¡Sos un mal aprendido!
Mi tía le hacía el coro.
Ahora, desde la puerta, mi vieja exigía como vecina barriera: ¡Santiago Santucho, abrile la puerta a tu madre, querés!
Apolonio se fue a la cucha solo, como si entendiera que la autoridad de aquella mujer que gritaba desde la vereda era tan pod…

El Principal

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Cuando Carmelo apareció con ese mate de metal envuelto en goma eva de color rosa, todos nos quedamos mirando lo que parecía un tulipán de plástico que el sargento había ido a comprar al chino, cuando todos por fin coincidimos en que el porongo anterior estaba rajado y aunque le teníamos un cariño de hermano en la mala, una ronda con él era un enchastre. Le hacíamos el aguante al mate solamente porque siempre estuvo con nosotros. Parecía eterno hasta que se rajó. El jefe lo puso en la repisa de los reconocimientos, al lado de las plaquetas de honor al mérito y de las copas de fulsal y de truco. El mate rosa era un bajón. Todos lo mirábamos torcido, porque era rosa. ¿Celeste no había? fue lo que preguntamos todos y después barajamos otros colores. Carmelo, imperturbable, dijo: Era ese o uno de vidrio forrado, con corazones y besitos, también rosa. Elegí el más sobrio.
—Hay que quejarse con el chino ¿Cómo no se le ocurre un poco de variedad?
—Será daltónico.
—Es chino. No entiende una …

Geminianos

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El Apolonio parece dos perros de acuerdo al ruido que oye.
Cuando son tiros torea como un guacho, se estrola contra las puertas, ladra como si le sobraran cinco gargantas encima de que tiene un vozarrón, se pone de los pelos con los pelos del lomo que se le vuelan. Por acá hay muchos tiros.
Ahora, si son truenos los que hacen ese ruido a mucho ruido, la cosa cambia, Apolonio cambia, todo cambia, empezando porque el perro, en vez de romperme la casa toreando, oye que truena y se manda al toque abajo de la cama -o arriba-, porque le da igual. Si yo estoy acostado, arriba de la cama y si puede, arriba mío y si pudiera, adentro mío, contra cualquier ley física que habla de que dos cuerpos no ocupan el mismo lugar en el espacio. Si yo no me acosté, debajo de la cama. Y andá a sacarlo de ahí abajo. Es un gigante que tiene la maldición de que las tormentas lo vuelven un enanito.
A mí, las procesiones me van todas por adentro.
Mi viejo me saldría con eso de que soy un hijo del universo y qu…

Otros shakespeares

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Yo sé que muchas veces no tomo los riesgos de tu boca. Lo sé desde ese día en que me dijiste que te querías casar virgen y a mí me pareció la cosa más extraña y a la vez la cosa más hermosa y más romántica (ya sé qué puse cara de gil y me reí, pero me reí porque me puso nervioso eso que decías), como una antigüedad que no tiene tiempo porque es como una especie de reliquia que resiste las pruebas del carbono 14 porque es algo del alma y la edad de las almas no la miden los hombres.
Esa atemporalidad tuya para tantas cosas y ese vivir el hoy de tantas cosas por las que te jugás toda otra clase de virginidades, hace que te respete como se respeta a la María Madre que sostiene siempre el padre Coco.
Tenemos un pacto. Vos y yo tenemos un pacto como si fuéramos algo que escribió otro Shakespeare más moderno, más de por acá, más de nosotros. Uno que entiende y sabe que nos pasa.
Vos tenés esa cicatriz que te transforma en un cuadro de Picasso. Las mías no se ven pero vos si las ves con t…

Portación de esencia

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Es muy difícil ser “el hijo de”. Uno está atrapado en la portación del apellido, como si fuera un apéndice que cuando el dueño muere, queda como la cola de las lagartijas, suelto y moviéndose solo, desorientando al mundo.
Yo no sé si es que porto el apellido de mi viejo o el apellido me porta a mí. Me decido por la segunda. El apellido de mi viejo me porta a mí. Es como llevar una marca, aunque seamos dos personas diferentes que solamente se parecieron en algunas cosas.
A veces me siento atrapado en la cárcel que significa el apellido, como si viviera en un examen eterno que no consiguiera aprobar nunca por más que estudio y contesto todo bien. Parece que siempre hay que rendir más y que el diez es la nota más baja y todos se te quedan mirando “porque tu viejo lo hubiera hecho así”.
Hace tiempo que no visito a mi vieja.
No la visito porque me vuela la peluca con tantas estupideces que le termino contestando mal y no le quiero contestar mal porque en el fondo mi vieja es una buena mi…

El cuadrado del fuego

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A veces te quedás solo con el miedo. Estás entre un montón de otros y vos te quedás solo con el miedo como si alrededor tuyo no hubiera nadie y los únicos huevos disponibles dentro del panorama fueran tus huevos, esos que vos sabés que están fruncidos pero que están haciendo falta, que hay que ponerlos, que por eso estás ahí con la adrenalina que te incendia los pelos abajo del casco y los huevos fruncidos que se te fruncen cada vez más como si hiciera frío y no calor.

Mi viejo me hablaba mucho de esa sensación de “entrar al fuego”. Me decía “es tu fuego y el fuego, son dos fuegos, uno contra el otro”. Y después decía siempre lo mismo: “¿Por qué me tuvo que tocar un hijo boludo?”

Cuando yo era más chico y recién empezaba, yo veía a mi viejo. Era como parte del fuego. Era como el fuego. Alguna vez lo sacaron con principio de asfixia porque para mi viejo era el fuego o él. Pavón siempre dice que mi viejo tenía tanto fuego que no respetaba al fuego, lo quería domar, quería que el fuego …