Aniversario

Nai me dijo que no fuera solo, que ella me quería acompañar. Yo le dije que no, que son cosas que hago solo porque las necesito hacer solo.

Nai insistió. Dijo muchas veces “dejame ir con vos, Santu”, porque ella, nadie mejor que ella ni nadie más que ella, me ha visto llorar lo que he sido capaz de llorar por mi viejo.

Le dije que no.

Ella se retrajo, dijo “bueno” y yo dije: “para mí es importante hacerlo solo, Nai…No te enojes”.

Ella me acarició.

—¿Cómo me voy a enojar, Santu? —se asombró— Hay dolores que se cargan de a uno… no se delegan ¿Cómo me voy a enojar, boludo? ¿Por quién me tomás?

Pensé que hacía referencia a la Katita pero me lo saqué al toque de la cabeza, porque Naiara sabe que nada que ver, que nadie más que ella sabe cómo abrirme el corazón con esa llave verde de sus ojos.

Mientras caminaba por el pasillo del cementerio hacia la tumba, vi a un tipo parado delante, que se arrancaba las lágrimas con una de las manos y con la otra sostenía un ramito que no depositaba en ningún lado. El tipo era Muñoz.

Gruñó, como molesto, un “¿qué hacés acá Junior?”, como si no supiera que hacía yo ahí y en vez de delante de la tumba de mi viejo nos hubiéramos encontrado en calle Córdoba o repentinamente en Rock & Feller.

—¿Qué le parece que hago? —pregunté, porque me salió el irónico.

Yo no llevaba flores. No sé por qué me parece una pelotudez lo de las flores que se ponen rancias y feas y hacen mal olor. No creo que a mi viejo, tan adicto al verdor y a la jardinería como era, le cayera bien un ramo de flores pudriéndose en su presencia (o peor, en su ausencia). Sin embargo, en los floreritos y en las latitas había varios ramos frescos, como recién dejados. Yo pensé que entre ellos, estaba también el ramo de mi vieja, porque había de esas marimoñas y esas arvejillas que él sabía regalarle a ella cuando septiembre se volvía tibio.

Me pregunté si mi vieja había llorado como Muñoz lloraba, delante de la tumba, a solas con Rodolfo y cuando no había nadie que tuviera algo que decir.

—Lloro ¿y qué? —me dijo Muñoz.

—Si no le digo nada, mi comisario… Llore si quiere ¿qué le puedo decir? Llore si quiere.

—¿Vos no llorás a tu viejo, junior? —quiso saber él.

Le dije que sí. Claro que sí, le dije, y le pregunté ¿qué se cree? Y le agregué: Yo a mi viejo lo amaba, me enseñó a ser quien soy.

Muñoz me dijo: Y bien que te enseñó. Si tengo que confiar en alguien, después de tu viejo, confío en vos.

Yo me quedé callado y mirando la tumba. Pensé que me hubiera gustado estar solo, pero ahí estaba Muñoz, que supongo, también hubiera querido estar solo, así que nos quedamos en silencio, delante de la tumba, como dos estatuas de cementerio. Yo me imaginé que éramos dos demonios llorando por un ángel. Estábamos en la vereda jodida del asunto y ni Muñoz ni yo podíamos ser ángeles para enfrentar las mafias y lo oscuro.

Estábamos ahí, los dos callados, como en un homenaje de esos de minutos de silencio, así que los pasos que rechinaban se escuchaban claritos, acercándose.

Muñoz giró los ojos suavemente, como quien no mira de verdad y yo, mirándolo mirar al que venía a interrumpirnos el duelo, hice lo mismo.

El tipo, recio, extraño, diferente, ácido, también traía un ramo de flores en la mano.

Muchas veces la perplejidad impide el habla, así que giré los ojos para mirar a aquel tipo de aspecto medieval, duro y transido, que dejó el ramo encima de la tumba.

—Si a alguien respeté en este mundo, fue a tu padre, Santiago —dijo el tipo y a lo lejos, Muñoz y yo podíamos ver toda la tropa que lo acompañaba y que él había optado por dejar allá, donde no estorbara, donde correspondía dejar lo que en algunas ocasiones sobra— Yo sé qué vos te parecés a él.

Muñoz estaba transformado en piedra. Miraba al tipo y me miraba a mí, pero con ojos de estatua. Tieso, duro, de mármol. No se le movía ni el silencio.

—Pensé que Nai iba a venir con vos —me dijo el tipo, todavía— Pero está bien… hay cosas que tenemos que hacer solos, no siempre con la hembra.

Si Muñoz estaba de piedra, yo estaba callado como una.

El tipo se agachó, acomodó mejor las flores que había dejado y estuvo rezando un rato largo, en que a mí no me salió ni una palabra que contestara lo que me decía.

Después me dio dos besos como se estila en su país, estrechó la mano de ese pétreo Muñoz que estaba más duro que un tenaza y se fue.

Era Babaya.



Comentarios

  1. Mira como le cogido la onda a lo tuyo que adiviné que era Babaya. Seguro no era tan difícil amigo. Si algo quisiera yo algún día alcanzar es que mi hijo hable de mí como tú hablas de tu viejo. Es lo único que quiero.
    Un abrazo Simón. Un abrazo grande.

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    1. Hola Gildardo, amigo!! Mi viejo me sabía decir: Las madres cuidan, los padres marcan.
      Yo creo que tu hijo va a hablar de vos como yo hablo de mi viejo y te lo digo porque se le ve en la sonrisa cuando están juntos. Estás criando a un hombre sano y feliz. De verdad te digo, amigo. Se le ve en la sonrisa y en los ojos.
      Gracias por venir a leer.
      Un abrazo grande!!

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  2. Yo como Muñoz confío en vos.
    Evidentemente los valores, los buenos sentimientos y la honestidad se heredan...
    Que orgullo el tuyo poder ser testigo del gran cariño que le tienen a tu viejo, testigo de lágrimas de hombres fuertes y de flores que perfuman éstos momentos, aunque después se marchiten, no importa. Ése era el momento y el lugar para ver demostraciones de amor hacia tu viejo.
    Un fuerte abrazoooo Simón, que él siempre te guíe!!!!

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    1. Hola Marce!! Si habremos hablado de nuestros viejos vos y yo, amiga!!
      Viejos a fuego, amiga.
      Gracias por estar conmigo. Ojalá te vayas sintiendo mejor.
      Un abrazo bien grande!!

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  3. Creo que has descrito esta escena con mucha precisión y sentimiento, Simón. Has perfilado a la perfección las emociones de aquellos que pierden a un ser querido y que tan solo desean afrontar su dolor en soledad. En este caso, más aún, ya que se trata del padre del protagonista.
    Interesante también el detalle de las flores y la reflexión que hace sobre la inutilidad de las mismas; nunca lo había pensado, pero tiene mucho sentido. Supongo que es uno de esos tantos rituales que, visto en frío, semejan un tanto absurdos.
    Y la canción del final me puso los pelos de punta.
    Un fuerte abrazo!

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    1. Hola Sofi!! Yo era chico y mi viejo me llevó a ver a este cantante que él admiraba porque las letras le parecían sus propias letras. A mí me quedó tan grabado a fuego que después me lo terminé bajando a la compu, cuando ya fui grande y le grabé un montón de cds a mi viejo, porque lo que él tenía de Patxi lo había tenido que hacer desaparecer durante la dictadura, como tantas otras cosas que había que hacer desaparecer si querías seguir viviendo.
      Mi amigo el Chinito me dijo que debería haber usado la canción "Mi viejo", de Piero. Pero mi viejo no era un viejo como el viejo de Piero. Mi viejo era un viejo como el de Patxi Andión y porque tuve un viejo así, yo soy así.
      Mi viejo era una batalla.
      Un abrazo grande, amiga!!

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  4. Siempre me emocionas.Tus escritos son una maravilla. Y tu también lo eres.Un abrazo Simón

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    1. Hola Eli!! No, no soy una maravilla, amiga. Soy un tipo que se la rebusca como puede, tratando de hacer esas cosas en las que cree.
      Por ahora, trato de escribir cada vez mejor.
      Un abrazo grande.

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  5. Podés considerarte afortunado, querido Simón, por el padre que tuviste.
    Lo tuviste el tiempo suficiente y necesario para que te inculcara tantos valores que hasta los del otro bando lo respetaban y honran.
    Es un texto super emotivo, también creo que las flores son un ritual que no me dice nada. Lo que cuenta es el sentimiento, el no olvidar las enseñanzas y seguir homenajeándolo como lo hacés, con la escritura y siguiendo sus pasos.

    (Un pequeña sugerencia: "Cuando llegué a la tumba, Muñoz. ya estaba."
    Yo no lo pondría porque al final de la siguiente frase decís: "El tipo era Muñoz". Ya lo adelantaste.)

    Un gran abrazote, amigo.

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    1. Hola amiga!! Tenés razón, Mirella. Ya voy corriendo a sacar esa frase. Y eso que lo repasé un montón de veces. Pero tenés razón, sobra.
      A mi viejo le gustaba muchísimo la jardinería. Creo que se relajaba, que se volvía natural con su jardín. Cuando tenía franco se perdía en el jardín y estaba horas y horas y después iba y escribía.
      La verdad es que muchas veces me hacen muchísima falta sus consejos. Me duró demasiado poco, y hacerse solo con semejante herencia, no es fácil. Pero hago lo que puedo, porque mi viejo siempre me decía: uno sabe que hizo lo correcto, cuando llega la noche y puede dormir.
      Un abrazo grande!!

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  6. Es precioso y nostálgico, toca el alma Simón.
    Lo más bonito, es esta frase: yo a mi viejo lo amaba, me enseñó a ser quien soy. No puedo añadir nada más, solo mi respeto a ambos.
    Un abrazo, amigo.

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    1. Hola Irene!! Te agradezco mucho tus palabras, amiga.
      Un abrazo grande!!

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  7. Me has emocionado.

    Le comentaba a nuestra compañera Mirella hace un rato en su último capítulo, que me encanta como se cuenta desde la contención, sin malabarismos emocionales. Me has emocionado desde la sencillez con la que cuentas, desde las vísceras, desde la boca de la verdad, porque no hay nada impostado ni histriónico en tu testimonio de vida (o de muerte)

    El diálogo tan natural y seguidito con Nahi, ese muchacho que se hace el duro y prefiero irse solo.

    Los dos hombres ante la tumba, el duro Muñoz con el ramito de flores y la lágrima fuera, el gruñido al descubrirlo tú expuesto en “su debilidad”. Las palabras que te dijo de tu padre, el parecido que tienes con él…

    Desconozco el por qué algunos escritores piensan que tienen que complicar las palabras ser preciosista, enfático o retórico cuando se habla de grandes sentimientos, yo creo que consigue el efecto contrario de lo que pretenden. En cambio, tú, has conquistado mi atención (como lectora) y mis sentimientos empáticos en la misma medida.

    Un abrazo muy grande Simón.

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    1. Hola Isabel!! Estoy de acuerdo con vos en que la excesiva complicación no ayuda a los textos. Pasa lo mismo con los que quieren "ser poéticos" y exageran hasta cualquier lado los lirismos, así que cuando vas a leer, el texto es un pantano sobresaturado de azúcar o de hiel (ya sea que hablen de amor o de amargura).
      Las voces que cuentan deben ser equilibradas. Una lectura no es más intensa por la cantidad de adjetivos, sino por el peso de las palabras, creo yo. Obligar al que lee encerrándolo en nuestro propio horror vacui, la mayoría de las veces bastante mal concebido, a mí me parece que no da buenos resultados. Hay gente que piensa que sí y se enfurece mal si le decís: tu cuento es agobiante.
      También pienso que escribir "barroco" es para los que saben "escribir barroco" sin que lo que leés te asfixie. Un ejemplo para mí es Roa Bastos en Hijo de Hombre.
      Gracias por acompañarme, amiga.
      Un abrazo grande!!

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  8. De acuerdo en todo contigo Simón. Pocos son los elegidos que escribiendo "complicado" lo hagan de lujo algunos pocos genios na más.
    ¿Sabes que no he leído a Roa Bastos? Se quien porque creo que fue premio Cervantes ... pero no lo he leído aún. ¡Ayyyy... cuántas asignaturas pendientes!

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    1. Además de ser premio Cervantes, fue premio Nobel de Literatura. Te lo recomiendo. Es un gran escritor paraguayo.
      Otro abrazo grande, amiga!!

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  9. Hay tanto amor y respeto a tu padre que es admirable, además has descrito las escenas con tanta vivacidad que percibí cada escena. Un honor saber que tu padre no solo existirá para siempre en tu recuerdo y corazón, también saber que los demás lo quisieron y respetaron e igualan a él.

    Preciosos sentimientos, Simón.
    ¡Un abrazo!

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    1. Hola Mila!! Te agradezco muchísimo tu comentario. Me emocionan tus palabras, amiga.
      Un abrazo grande.

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