Guardia nocturna



Ese silencio que quedaba entre nosotros se escapaba a pie de nuestro lado, cojo y casi epiléptico, apoyado en el aire que no temblaba más y en el estruendo que no cesaba nunca.
El silencio se escapaba de nuestra poca fe para los rezos y repetía una vocal atónita, justiciera del polvo, entre relámpagos. La vida parecía una tormenta hecha con monumentos destruidos.

Frente al monitor y superada la primera intransigencia de la angustia, evocaba el momento. Se centraba en los ojos del niño y trataba de descifrar esa mirada última.

Los ojos del niño ante la luz de rescate, eran dos escarabajos que, intentando beber, habían caído en un tazón de chocolate espeso y rancio y emergían de él, amarronados y dulces, luchadores, lácteos y acaramelados, y lentamente se iban endureciendo de desesperación por ese no poder desplegar sus alas, húmedas y pastosas.

Los ojos del niño se endurecían como pequeñas piedras desesperadas y se petrificaban más y más en ese amorfo chocolate amargo que subyace en el fondo de la vida cuando la vida ocurre en otra parte donde alguien se olvidó de hacer cloacas en un barrio donde conviven humildes con humildes.

Buenos Aires no manda la coparticipación, replica constantemente el municipio y aunque lo asiste la verdad, hay verdades que matan.

Olvidó la voz del municipio y pensó que él, que estaba ahí, al costado de ese hundimiento miserable, ya no podía inventar voces de aliento. No imaginó que el niño lo escuchara. Ni él mismo se escuchaba entre todo el estruendo del martillo neumático tratando de agrandar la abertura por la que solamente puede deslizarse hasta el fondo nefasto, el breve cuerpo de un niño.

La muerte no debería suceder en la noche porque, en la noche, todo parece más imposible y más oscuro. La oscuridad no es nunca generosa en alternativas.

Cuando llamó a López, la auxiliar corrió.

—Vos sos la más chiquita —le dijo, más convencido que convincente, porque el agujero era una boca estrecha e imposible— así que probá.

La tuteó a pesar de que siempre trataba a su tropa de usted. La tuteó, quizás porque el que estaba atrapado era un niño y ella, era una mujer.

—Dale, López. Tenés que poder.

Como alrededor de un altar, se reunieron todos, cuando Romina López se quitó el camperón del uniforme, se calzó el arnés y se echó hacia la oscuridad de aquella boca de chocolate espeso y putre-facto.

Los dos tirones indicaron jalar.

Ellos jalaron.

A él le pareció que Romina López, esculpida de inmunda fetidez, emergía como La piedad, con un niño muerto en sus brazos, desde el fondo del inconmensurable pozo ciego de la vida.

Sin dudarlo y como muchas veces, se cagó en Dios.


Comentarios

  1. Ay Simón...hay verdades y realidades que matan ,así es. Sin más comentarios... un fuerte abrazoooo!!!!

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  2. Tremendo Simón, la muerte no debería suceder a los niños, ni en la noche ni en el día, ni en la paz ni en la guerra. No debería haber niños que se caigan en el pozo de la desidia de un funcionario. No debería haber niños que se mueran de hambre. No debería haber niños que se mueran a causa de la guerra de los hombres.
    Un relato conmovedor, amigo Simón.
    Ariel

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    Respuestas
    1. ¿Qué quieres qué te diga amigo Simón?... que me vuelve loca esa mezcla de poesía y realismo puro y duro, pues dan ganas de lanzar un exabrupto con el ¡Me cago en Dios final!
      Y es que la vida es injusta compañero, más aún con los niños. Menos mal que hay hombres y mujeres como la valiente Romina López.
      Cada vez admiro más a los bomberos, el equipo humano de auxilio, y por supuesto, tu manera de escribir, que parece un vómito de rabia en ocasiones, y en otro una paleta emocional de mil colores, o puede que más.

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    2. Es la realidad en la que vivimos, Ariel. También es la realidad en la que votamos vivir.
      Un abrazo grande.

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    3. Muchas gracias, Isabel. Trato de ser fiel a la realidad que me toca, amiga.
      Un abrazo grande.

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